Recompensas, castigos y consecuencias

Es instintivo que gruñamos y castiguemos a veces a nuestros hijos cuando pensamos que se han comportado mal. En ese momento realmente no pensamos y, a menudo, actuamos como nuestros padres actuaron con nosotros, actitud que puede conducir a la frustración al contraponerse a esa idea que muchos padres tienen de no querer hacer las cosas como las hicieron con ellos.

Esta frustración que crea en muchas familias el hecho de tener que lidiar y cómo hacerlo con los comportamientos rebeldes de los más pequeños, hace que tendamos a pensar que los niños absolutamente obedientes son lo normal y la norma. Sin embargo, esa idea está bastante lejos de la realidad. Por eso precisamente los castigos férreos no suelen ser una buena forma de hacer entender a los niños que han tenido un mal comportamiento, porque si reciben ese castigo como algo negativo (lo cual es bastante probable si se trata de castigos vacíos de contenido educativo, como castigar a un niño en su cuarto sin salir), no tendrán muchos motivos tampoco para reflexionar sobre la importancia de portarse bien.

 

portarse bien

 

Es decir, que todo “castigo” debería ser reforzado por un estímulo y en muchos casos también por una recompensa, porqué no. Es muy difícil cambiar comportamientos profundamente arraigados en nosotros mismos, como el de actuar sin quererlo como lo hicieron nuestros padres con nosotros, motivo por el cual deberíamos entender un poco más a los niños y ser conscientes de que modificar la conducta no es una cosa que pueda hacerse de un momento a otro.

Todos queremos ser buenos padres y madres, pero todos cometemos errores porque es inevitable. Gracias a ellos podemos progresar, y por eso la clave para educar a los niños comienza con uno mismo. Ciertamente cada uno de nosotros tiene sus convicciones y cada niño es diferente, así como cierto es también que en la vida nuestras acciones siempre tienen consecuencias, y por eso es bueno enseñar esto a los niños.

 

Consecuencias, comprensión y comunicación

Hoy en día el sentido de la responsabilidad parece diluirse cada vez más, hasta tal punto que a veces incluso los profesionales parecen rendirse con determinados hábitos y/o conductas infantiles. Pero, ¿qué se puede hacer al respecto? Para empezar, y para que un niño entienda que su acto o comportamiento no es correcto, debe haber una consecuencia, es decir, que no hablaremos de castigo sino de consecuencias. Este simple cambio lingüístico nos puede permitir ser más claros sobre el tema y eliminar las amenazas y el miedo en el ambiente familiar.

Cuanto más pequeño sea el niño, más directa deberá ser la consecuencia. Esto quiere decir que deberá ser algo casi instantáneo, porque los niños pequeños solo entienden del momento y del presente, y no entenderán de qué se trata si la consecuencia se retrasa o se alarga. A continuación os añadimos dos ejemplos habituales que ayudarán a comprenderlo todo mejor:

 

 

  • Ejemplo número uno: niños excitados y nerviosos

Un niño está emocionado y como consecuencia de ello se muestra agresivo, desagradable, habla mal…, en resumen, no se porta de una forma correcta. ¿Qué hacemos en este caso? La consecuencia primera puede ser el enviar al niño a un rincón tranquilo para que piense sobre lo que ha hecho (no se trata de un encierro, sino de buscar la paz, la reflexión y la tranquilidad tras una mala acción y tras un exceso más que probable de emoción incontrolada en un “espacio o silla de pensar”). Explicaremos al niño que su actitud no es la adecuada y que no es agradable, y deberá permanecer solo durante un momento para procurar calmarse.

 

rincón de pensar

 

Sí, puede suceder que el niño se niegue, y si esto ocurre le llevaremos al rincón tranquilo con firmeza, pero sin gritos ni violencia. Para eso tendremos que evitar el enfurecimiento descontrolado y calmarnos nosotros mismos. Estando algo aislado, el niño muy probablemente se calmará.

En caso de que esto no ocurra y se produzca una crisis nerviosa, tendremos que pensar que es probable que el niño o niña haya experimentado alguna sensación que no pueda manejar, por lo que deberemos enseñarle cómo lidiar con esto con un comportamiento diferente: con consuelo, con apoyo y conversando sobre lo que está mal. Nuestra atenta presencia tranquilizará muy probablemente al niño y dicha tranquilidad nos permitirá enseñar que hay otra forma de hacer las cosas.

 

 

  • Ejemplo número dos: adolescentes rebeldes

Pongamos como ejemplo de otra posible situación que un niño pequeño estropea o “rompe algo”. En este caso buscaremos con él los medios para reparar el daño. Cuando el niño sea algo más mayor las consecuencias podrán ser también diferentes, pues ya podrá entender las instrucciones y ser capaz de respetarlas con más facilidad. Un ejemplo que todos conocemos es el de que un adolescente no regrese a casa a la hora señalada. En este tipo de casos deberemos dejar claro que se ha roto el contrato de confianza establecido, rechazando o impidiendo la próxima salida como consecuencia. También puede que se permita la próxima salida, pero regresando con el tiempo de antelación que se retrasase la vez anterior. El contrato de confianza podrá restablecerse cuando él o la joven demuestren que puede llegar a tiempo a casa y cumplir con los pactos establecidos.

Es muy importante que cuando notemos que el niño o niña en cuestión está haciendo esfuerzos por mejorar, tendamos a hablarle, a alentarle, o incluso a recompensarle. De esta forma los niños consiguen ver que sus esfuerzos son útiles y estarán motivados para hacerlo mejor la siguiente vez. Con respecto a los adultos, para crear una complicidad que nos permita conocernos mejor (no siempre sabemos lo que está pasando en la cabeza de nuestros hijos) y para comprender mejor las razones de ciertos comportamientos, debemos centrarnos y descubrir qué cosas les gustan, con qué actividades disfrutan…basar las recompensas en dichas actividades (que requerirán de más tiempo en familia), será una buena dinámica para alejar las malas sinergias y los malos comportamientos del seno familiar y también para evitar, gracias a la comunicación, que muchos se produzcan.




Autor: Almudena Orellana

Cofundadora del Proyecto educativo Bosque de Fantasías, escritora creativa y redactora jefe. Leer más

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