La generación de los niños blanditos

Nuestros hijos están creciendo en un mundo muy diferente a aquel en el que nosotros vivimos. Muchos podemos recordar aún ocasiones en las que éramos libres y ayudábamos a nuestros padres o abuelos a comprar y recoger la leche fresca de la lechería, ir solos a por el pan o a realizar algún recado que nos hubieran encargado…o incluso acudir solos al colegio. También nuestra forma de jugar, más apegada a la naturaleza y al experimentar y sobrevivir a caídas y tropezones. Y no, no nos vigilaban de forma continua nuestros padres para reconfortarnos al menor sobresalto ni para “lamer todas nuestras heridas”, y no porque fuesen crueles o malos padres, sino porque se tenía un sentido diferente de la infancia y lo que implica al que parece existir hoy en día.

Hoy, como si de otro mundo diferente al nuestro se tratara, hemos construido todo un escenario de amortiguación para proteger a los más pequeños en casi cualquier circunstancia de la vida y, al contrario de dejarles improvisar y descubrir poco a poco lo que les gusta o cuáles son sus habilidades, les planificamos todo un sinfín de actividades que dirigen su tiempo libre de forma completamente cuadriculada y programada, muy alejadas de la experimentación natural y propia.

Y, paradójicamente a lo que esto debería acarrear, resulta que los niños de hoy en día parecen estar más estresados que nunca lo estuvieron sus padres y menos aún sus abuelos. Tal vez, esa idea de que puedan hacer muchas cosas y aprender lo máximo posible al tiempo que eliminamos las posibilidades de que sufran física o psicológicamente por cualquier razón, hace que los niños tengan menos tiempo libre que nunca y, en consecuencia, una infancia menos libre y natural. Y es que para que puedan desarrollarse de manera eficaz aspectos tan importantes como la creatividad o la imaginación, debe haber libertad de crecimiento y desarrollo, así como libertad para experimentar y correr determinados “riesgos”.

“Cuidado, te vas a caer”, “Si saltas te harás daño”, “Si juegas demasiado en el parque te ensuciarás la ropa…” Son solo algunos ejemplos de frases habituales en nuestros días, escuchadas por nuestros hijos y limitantes de su espontaneidad. Está claro que un padre o una madre lo que menos quiere es que sus hijos se hagan daño, pero no podemos estar encima de ellos de manera continuada para evitar que esto ocurra, o terminarían creándose una idea absolutamente falsa de la realidad que podría ser del todo perjudicial en su futuro más y menos inmediato.

No deberíamos olvidar que el verdadero deber de un padre es criar y educar a personas que el día de mañana puedan formar su propia familia o vida de manera independiente, capaces de discernir y de tomar decisiones propias, cada vez más importantes. En definitiva, tenemos que dejar que nuestros hijos tengan un poco más de espacio, que cometan errores, que tengan caídas y que a base de equivocarse y de aprender, consigan tomar buenas decisiones cuando sea necesario. Aprender a ser responsables e independientes, siempre de acuerdo a su edad.

Educar con negligencia benigna

Hablamos de negligencia benigna cuando, como padres, tomamos decisiones que han dejado de ser habituales pero que lo eran antaño. Ciertamente, puede que tal vez hoy haya más peligros que los que hubiera en el pasado, pero no podemos tener sujetos con una correa a los niños solo por las posibilidades de que algo ocurra, puesto que de esta forma no estaríamos dejando crecer a nuestros hijos adecuadamente.

En este sentido, la negligencia benigna trata de ir otorgando responsabilidades progresivas a los más pequeños (ir a por el pan, poner y recoger la mesa, llevar la ropa a la lavadora, ir a por el periódico, jugar y sociabilizar al aire libre…), ampliando sus horizontes y asignándoles tareas que permitan, según su edad, que ellos se sientan seres de pleno derecho, responsables, independientes y seguros de que sus padres confían en ellos y viceversa. Un ‹toma y daca› de confianza y actividad que abre la puerta al crecimiento consciente, juicioso y comprometido.

Tal vez, de esta forma, dejaremos que los más pequeños crezcan de una forma más natural y menos programada y esquemática, y permitamos que los niños de hoy dejen de ser la generación de los “niños blanditos” mañana.




Autor: Jesús Falcón

Cofundador del Proyecto educativo Bosque de Fantasías, programador y desarrollador por excelencia, dedicado al mundo educativo y a su evolución.

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