Qué y cómo enseñar a nuestros hijos para evitar errores

A menudo, cuando los padres nos enfocamos demasiado en la rutina, en el horario, en las reglas y en el estrés del día a día, perdemos muchas oportunidades para enseñar a nuestros hijos o para alentarlos, por ello debemos estar muy atentos a los momentos y a las diversas oportunidades de enseñanza que nos da la vida con respecto a los niños.

El primer paso es determinar cuáles son las cosas que queremos enseñar a nuestros hijos. Por ejemplo, es posible que deseemos reforzar determinados valores, como el hacer hincapié en tratar a todos los seres humanos de manera justa, o alentar el arte, la música y la lectura. Sin embargo, puede ser un peligro centrarse exclusivamente en las disciplinas y olvidarse de que muchas de las cosas que aprendemos surgen de situaciones cotidianas de la vida.

Y para que esto quede más claro, a continuación ejemplificamos dos posibles caso que podrían darse en cualquier hogar.

 

El niño y las canicas rodantes

Un día un niño se encontraba tirando canicas por las escaleras de la casa, mientras su padre caminaba y veía todas aquellas pequeñas canicas como volando escaleras abajo. Creía que su hijo las estaba tirando por los escalones para molestar a su hermano, que se encontraba a los pies de la escalera, e inmediatamente le envió un tiempo a su cuarto tras una regañina para que reflexionara sobre su actitud.

Tras escuchar los sollozos procedentes del cuarto del pequeño, el padre decidió preguntar a su hijo qué pasaba. Entonces, el niño dijo que no estaba tirando canicas ni quería molestar a su hermano, sino que había querido ver qué era lo que sucedía cuando las canicas bajaran los escalones. En aquel momento el padre se dio cuenta de que tal vez había olvidado hablar con su hijo sobre la gravedad y la causa y el efecto, pero tampoco se consideraba un experto en nada, y por ello a menudo olvidaba conversar sobre cosas importantes. Sin embargo, no hacerlo derivó en una regañina tal vez innecesaria o injusta.

 

castigos injustos

 

Así que el padre finalmente habló con su hijo sobre lo que había sucedido y buscó una forma creativa e ingeniosa de usar las canicas para observar la fuerza de la gravedad y para fomentar y alimentar la curiosidad y las ganas de aprender de su hijo a través del juego. Dos tubos, tres contenedores transparentes llenos de canicas y cuatro horas más tarde, su hijo fue el más feliz del mundo compartiendo una tarde entera de juegos con su padre y aprendiendo muchas cosas interesantes que podría compartir más tarde con sus compañeros en el patio del colegio.

 

El niño que quería acurrucarse con su mamá

Una noche, tras dejar acostados a todos los niños en sus respectivas camas, una madre observó que su hijo mayor de siete años no dejaba de salir y entrar de su cuarto. En una de aquellas salidas la madre comenzó a reprocharle su actitud y a decirle que se fuera ya de una vez a la cama y sin rechistar. Sin embargo, la falta de obediencia (pues el niño continuó levantándose) hizo que la madre se enfadara hasta el punto de decirle que se fuera a dormir, pero en un tono mucho más desafiante y agresivo. Se estaba haciendo tarde, y la madre consideraba que aún tenía mucho por hacer aquella noche para andarse con tonterías. Tras pensar un poco en su actitud, se dirigió a la habitación de su hijo mayor con el fin de decirle que se había enfadado sin querer, pero que era muy importante que se durmiera y que descansara para poder afrontar al día siguiente la jornada escolar.

Pasado un rato, el niño apareció en la habitación de su madre pidiendo acurrucarse con ella. La madre, que se encontraba ya muy frustrada, quería gritarle que se metiera en su cama de una vez, pero el rostro del muchacho hizo que se ablandara un poco y pactara con su hijo diez minutos de abrazos en la misma cama. Aquella madre se comprometió permitiendo al niño entrar, pero también limitando el tiempo que podía quedarse con ella.

Finalmente, cuando su hijo se acurrucó cerca de ella, se animó a compartir lo que había sucedido en la escuela ese día. Alguien se había burlado de él y se encontraba muy triste y desconsolado. Entonces la madre, conmovida, pensó que si no hubiera decidido cambiar su actitud ni aparcar su enfado, no hubiera escuchado la preocupación de su hijo y hubiera perdido también la oportunidad de consolarle y guiarle hacia un nuevo día mucho mejor que aquel.

 

burlas colegio

 

Estas dos situaciones planteadas nos enseñan que, a veces, los momentos de aprendizaje y de enseñanza se ocultan en situaciones desafiantes, frustrantes o inoportunas, pero están ahí y las consecuencias de no verlos podrían llegar a ser importantes. Por eso, como padres y educadores, en ocasiones deberíamos ser más flexibles y, sobre todo, nunca regañar ni reprochar sin una comunicación previa o un conocimiento adecuado de la situación. No debemos olvidar que los niños no piensan, ni analizan las cosas como nosotros, de manera que, si tus hijos solicitan tiempo para compartir contigo, no dudes en hacerlo y en mostrarte en sintonía con su estilo de comunicación. Permanece atento/a cuando tu hijo actúe de manera diferente y considere que puede necesitar algo de ti: amor, afecto, una conversación privada…

Los momentos de enseñanza no hacen referencia solo a aquellos instantes en los que se enseña o debate una lección. Cuando estamos tan absortos en nuestras propias actividades y problemas, a menudo podemos perder esas oportunidades tan valiosas que también se dan en la vida para enseñar a nuestros hijos. La clave es estar presente, estar disponible, y ser abierto y flexible con los más pequeños.




Autor: Almudena Orellana

Cofundadora del Proyecto educativo Bosque de Fantasías, escritora creativa y redactora jefe. Leer más

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